El vocablo libertad, automáticamente asociado al arte, supone que el artista es libre sólo por serlo. En otros contextos históricos la libertad fue asociada a la capacidad de actuar impunemente ante los límites impuestos por las contingencias sociales, políticas y fundamentalmente legales y económicas. Bastaba ser rico en los `50s, para Cordwariner Smitd (Paul Linebarger), proporcionarse del dinero suficiente y tener a disponibilidad unciones materiales y sirvientes para esquivar incluso el dolor pseudo telepático de la tecnología futura. Agenciarse así de los dispositivos propios y ajenos del ocio sin por esto aferrarse al fracaso del splint. Esta enfermedad del S IXX, era contraída principalmente por los artistas sin dificultades económicas, provocaba en Mijail Lermontov por ejemplo, esa ansiosa afirmación del dolor de la existencia, ese estupor ante la inutilidad de haber nacido.
En el siglo pasado en cambio, están Camus y su Sísifo, la libertad del trabajo constante en oposición a las brumas imprecisas de la cartografía burguesa, y como contramedida, la nausea de Sartre, repulsión frente la ideal de libertad de los pueblos bloqueando al individuo.
En América Latina los matices son muy distintos pero definen lo mismo, la acción liberadora individual centrada en la obra en algunos casos, o las imágenes de un deseo de libertad colectiva en la mayoría de los casos; definen movimientos, estéticas y luchas, trazando el espacio de la expresión.
En los setentas la muerte y la libertad eran un canto tan material como doloroso, en la voz de un fantasma de multitudes, represión y desapariciones. Luego en las dos décadas sucesivas se instala otro tedio, el de la tecnológica y sus mecanismos de control, infinitos, decisivos e indeterminados.
Nada de esto es perceptible en nuestros días con ese énfasis definitivo, en el postrero arte de la libertad se suceden otros síntomas.
Hoy presentamos en forma de juego visual, los sueños de mundos que sin ser planos tampoco son esféricos. Se limitan a plantar la duda de su propósito. Íconos de maquinas casi humanas donde prevalece la pregunta fotosensible, referente tangencial de su base industriosa; artistas que boyan de su cotidiano a la infinitud de su obra.
Y lo presentamos, porque en este discurso viva acaso la clave del drama, su panorama de pintura descarnada, ofrece en soporte de un cartón tan tenue como numeroso, bregando por aproximarse a la realidad, y en su trayecto de pinceladas, como pantallas y programas, persista probablemente, una existencia sin aburrimiento. Wallace.
La táctica satírica marca el escorzo de un gran guiñol. Ni riquezas, ni ostentaciones permanentes, ni paraestado macrotecnológico, ni el pueblo con sus agonías, sólo mujeres codificadas en tramos de color, en papel, arrancadas de su seno acuático quedan temblando de orfandad, y su representación versátil, entre la sita y la novedad nos provocan el deseo de poseerlas. Guerrieri.
Catarsis entonces de irrefrenable locura, de viajes pretéritos, de misivas sin cuna. Recortes incansables, certeros cortes de adivinación. En camas y aposentos liberados de su objetivo, para siempre un lugar que asoma de su renovada cocina a una fiesta de sensualidad, y cae, y donde apoya sus ojos se trazan los signos del último signo, lo verdaderamente depurado. Londaibere.
Nada de lo que la libertad era es hoy. Pero al encontrarla, al zafar de lo hipócrita, el digital nos sume en el verano de la tranquilidad o lo irrefrenable del mar y con la brisa exacta, flota el gozo sin mira, sin rayo, sin más poder que el propio: sin cárcel a la que tender nuestros huesos. La víctima recuperada recorre ahora esas lánguidas ruinas de su otra existencia. Arellano.
La libertad es un bien muy preciado, pues hoy nadie la tiene por segura, porque no es entendida por los que manejan esos hilos que nos crean, que pretenden adivinarnos en nuestra repetición. En las zanjas constantes de un futuro provechoso, veremos vídeo. Entonces el canto textural llega a nuestro seno como si de cómplices nos tratáramos y lo somos hamacándonos como imanes embrujados, somos ese entorno de luces móviles. Onís.
Hoy todo nos llega por correo electrónico, ya sea las versiones de nosotros sin ser, o el objeto inmaterial que nos sume en trágica alegoría de superficie. Somos tenues sombras de una libertad mayor, inventada minuto a minuto sin dimensión ni prisa. La luz como aliada escoge nuestros brazos diligentes como herramientas de última instancia, y para gozar redoblamos la apuesta buscando un cuerpo binario que creamos en el camino.
Ese viento matemático nos dedica su clave de programaciones, fruto de la cáscara suprema, somos como el huevo de una tribu en su sagrado oficio, nacer.
Ernesto Arellano