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N° 4 enero | febrero 2011
 
 
 
 
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MODERNISMO, ARQUITECTURAS Y SAQUEO
Mariano Soto


 
 
 
 

El “Arte Nuevo” aquí y allá

En la década de 1890 surge en Europa el movimiento artístico llamado Modernismo o Art Nouveau, aunque éste es el nombre de su expresión francesa y parisina.

Nace de la necesidad de unir conceptual y materialmente estética y progreso tecnológico. Lo que se entendía entonces por estética, vale aclarar. Y de plasmar el movimiento como acción, en una época en que trenes, subterráneos y maquinarias eran novedad.

Se constituye así un fenómeno cultural que resulta el único atisbo de originalidad y creatividad que tuvo el siglo XIX; allí cuando parece decirse Basta de Historicismo y se da lugar a algo novedoso, tanto desde lo meramente decorativo como desde lo matérico y, en algunos casos también, lo estructural, lo espacial.

Estilo artístico pero aplicable a objetos de uso corriente (muebles, vajilla, adornos) y por eso mismo profundamente imbricado con el desarrollo tecnológico y económico que vivía Europa occidental por aquellos tiempos de acelerada industrialización y confecciones seriadas; toda la movida del Modernismo contiene necesidades, pulsiones y marcos conceptuales de aquel contexto histórico.

También representa el conjuro contra la maquinarización y simplificación de lo estético, que aquella gente veía cernirse sobre sus cabezas; por lo cual aparece en escena intentando enmascarar con un aspecto bello y grandilocuente lo funcional y utilitario.

Poniéndonos localistas, pensamos en el Buenos Aires coetáneo al “Arte Nuevo”. Y se dan los mismos fenómenos aunque, claro, desde otro lugar. Por lo cual aquí se manifiesta pero sólo como copia y repetición, no como escuela. Por lo demás, encaja perfectamente en el molde estético y de necesidades. Pero encuentra su mayor diferencia justamente en una de las principales características de éste movimiento: las variantes regionales según se manifieste en Barcelona, París, Glasgow, Viena, Milán.

En el caso argentino y porteño, la casi totalidad de estas variantes regionales pueden encontrarse en la misma ciudad, a metros de distancia…

Del Art Nouveau parisino de Guimard, pasando por el Modernisme Catalá de Gaudí o Puig i Cadafalch, hasta el Jugendstil alemán, la Sessezion vienesa o el Floreale italiano, todas las variantes del Arte Nuevo están plasmadas en numerosos edificios de muchos barrios de Buenos Aires.

Hecho cargado de lógica si pensamos en los seis millones y medio de inmigrantes de todas partes de Europa y Oriente Próximo que llegaron al país entre 1860 y 1930, y por ende en las numerosas colectividades que buscaban nuclearse en esta terra incognita, creando sociedades de fomento, clubes sociales y barrios tipo ghetto. Y también, y aún más marcadamente, si pensamos en la coyuntura histórica nacional de entonces: la toma de una postura cultural europeizante sumada al ya global fenómeno de una burguesía que crece, se diversifica, busca marcar las diferencias y, principalmente, consume novedades en pos de prestigio.

Así que Buenos Aires no escapa a la regla de esa época. Su manifestación Modernista está caracterizada, pero, por esta singular anarquía de mezclar expresiones provenientes del Danubio, de Escocia o de Cataluña en una misma cuadra.

Algunas impresiones estéticas: tres ejemplos locales

Como salido de la fusión entre una casa florentina del Quattrocento y la corporización de una ópera de Wagner, se levanta en pleno centro de la ciudad el edificio de la Societá Unione Operai Italiani. O más que levantarse, resiste. Deslucido y mal intervenido por fuera y directamente derruído por dentro, espera con resignación y calma zen un destino incierto: la picota; más depredación solapada o la inevitable caída por su propio peso, fruto de la desidia general, particular y local. (1)

Obra del arquitecto Virginio Colombo, milanés radicado en Argentina, fue reformulado estructural y ornamentalmente sobre un edificio preexistente de fines de siglo XIX. Reinaugurado en 1913, fue costeado por la vasta colectividad italiana en el Buenos Aires de entonces, como centro de ayuda y servicios para los obreros italianos emigrados y afincados entonces en la capital porteña. Hasta funcionó allí una escuela para enseñar el idioma local a los recién llegados.

Ubicado en Sarmiento 1374, al acercarnos a él nos encontramos con un imponente prisma rectangular de tres pisos, de los cuales el primero y el segundo presentan sendas loggias (2) pero distintas entre sí: la del primer piso tiene arquitrabe recto, la del segundo tiene arquería de medio punto. Medallones, dentículos, capiteles corintios y la ornamentación en los vanos de algunas ventanas son directas llamadas al renacimiento florentino y veneciano, mientras que la herrería y la carpintería son de inconfundible corte Modernista. Clara expresión del Floreale italiano, mezcla volumen, simetría y elementos constructivos clásicos con la herrería y la ornamentación sinuosas y “chorreadas” típicas de éste estilo.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Las ménsulas que sostienen la loggia del primer piso tienen remates geometrizados y terminan en unas pilastras adosadas rectilíneas asociadas estéticamente al Sessezion. En el segundo piso, cuatro figuras de jóvenes semidesnudas flanquean las dos ventanas de los extremos; en las correspondientes ventanas pero de la primera planta, las jovencitas son reemplazadas por dos manojos de motivos vegetales de línea curva, respondiendo a la arquetípica imagen del “latigazo” asociada al Modernismo. La parte superior de estas ventanas aparece custodiada por un grupo de putti (angelitos/bebés/cupidos) que se repiten en la balconada del primer piso. Estilizaciones de hoja de acanto, rostros de mujer en algunas de las ménsulas y medallones geométricos y abstractos son otros de los motivos ornamentales que hacen de éste edificio un apabullante ejemplo de la estética novecentista.

 
 
 
 
 
 
 
 
 

Pero no todo fueron curvas, putti y gacelas de cabellera flotante en el Modernismo. Para 1911 se inaugura en pleno centro porteño, calle Chacabuco número 78, un edificio de oficinas y locales que si bien responde a los parámetros de este estilo, lo hace en una versión sobria y elegante, e incorporando además –y esto no es nada frecuente en las expresiones modernistas en Buenos Aires- innovaciones constructivas y estructurales. Un novedoso aprovechamiento de la luz natural a través de vacíos espaciales perfectamente relacionados con los volúmenes, y la utilización de hormigón armado como también de ladrillos de vidrio traslúcido (en el lucernario y en los pisos de las galerías interiores) le dan el carácter perfecto de obra modernista desde su concepción hasta su materialidad. En cuanto a la decoración de la fachada, sobria y net pero decididamente expresiva, tiene algunos elementos del Modernisme Catalá pero más que nada abreva en el Sessezion. La herrería estilizada de puerta y balcones, así como el geometrismo de ménsulas y líneas decorativas verticales son ejemplo de ello. Ubicado en una calle estrecha, con la limitación de las pequeñísimas aceras que son lo único que atesora Buenos Aires de su depredada arquitectura colonial, cuesta verlo. Pero una vez que uno lo encuentra, es imposible no detenerse en su elegantísimo exotismo, en su convincente verticalidad, en la abstracta fantasía de sus hierros forjados.

 
 
 
 
 
 
 
 

Desde que fue proyectado cien años atrás hasta hoy, funciona como edificio de oficinas, además de tener dos locales en la planta baja. La continuidad de su vida utilitaria parece ser una de las causas de su buen estado físico. Sin embargo, un par de años atrás, tal vez con buenas intenciones, pero también con desconocimiento técnico y de criterios de restauro, se lo pintó feamente como si se tratara de un dúplex a estrenar…

Es obra del arquitecto Julián García Núñez, argentino pero formado en Barcelona y hasta se dice que alumno de Lluís Domènech i Montaner, uno de los capos del Modernisme Catalá. Graduado en 1900, pasó los tres siguientes años viajando por Europa y África, nutriéndose, evidentemente, de estéticas diversas que aplicó luego a su trabajo.

 
 
 
 
 
 
 
 

Nuestro recorrido termina en la esquina de Avenida Belgrano y Perú. Edificio “Otto Wulff”, proyectado y construido bajo la dirección del arquitecto danés Morten Rönnow, comenzado en 1912 e inaugurado en 1914.

Aquí, para concentrarse en la oscura belleza de este edificio, conviene olvidar otra tragedia patrimonial porteña: en ese solar se levantaba un estupendo caserón colonial de 1780 en el que habían vivido el Virrey Del Pino y luego su viuda. El mismo Rönnow -consciente de la terrible pérdida, parece- relevó en dibujos planta, vistas y detalles antes de que pasara la picota. A este profesional danés le debemos conservar un mínimo fragmento de nuestro pasado hispano… aunque sea en papel.

 
 
 
 
 

Pero una vez trascendido el fantasma de la depredación corta de miras, cualquiera se maravilla ante la imponente mole (negra de suciedad, eso sí) del edificio pensado como sede de la delegación diplomática del Imperio Austrohúngaro. Con llamadas neogóticas y cierto aire de castillito tirolés, rompen esta atmósfera de cuento las representaciones de animales (resaltan las soberbias águilas imperiales que se asoman como gárgolas) y los ocho atlantes que “aguantan” la mole edilicia desde el segundo piso y que representan oficios como el de albañil, carpintero, herrero, etc. Se dice que uno de ellos hasta tiene la cara del mismísimo Rönnow…

Lo que sorprende de éstas magníficas figuras masculinas es la sobriedad formal y cierta geometría plana que parece prefigurar el Art Decó. Tanto éste detalle como otros de la decoración de la fachada, son en realidad influencia Jugendstil, y traen una remembranza de ciertas construcciones de Joseph María Olbrich en la ciudad de Darmstadt, Alemania. La irregularidad de las formas compositivas entre una planta y otra, los balconcitos tallados y las dos magníficas cúpulas rematadas en torres que terminan, a su vez, en representaciones del Sol y la Luna, son otros valiosos detalles que exhibe este oscuro gigante porteño, que no está en las condiciones estéticas que debería estar dada su importancia y belleza.

 
 
 
 
 
 
 
 

Para terminar con el recorrido y la perorata, pido un deseo: y es que la misma ignorante indiferencia que demolió hace cien años una construcción colonial llena de carga histórica en esa misma esquina, no deje hoy caer en la miseria y el abandono joyas como el edificio Otto Wulff o el Unione Operai de Virginio Colombo. Los productos culturales que son estos edificios nos dicen cómo y quiénes somos. Lo que se haga con ellos también.

 

(1) El edificio Societá Unione Operai Italiani está en peligro de derrumbe y continua depredación. Aquí va un link a un blog de una grupo de personas que trabajan para rescatar este edificio: http://societa-unione-operai-italiani-bsas.blogspot.com/ También hay en Facebook un grupo llamado Hay que salvar a Unión de Obreros Italiano, Unione Operai Italiani

(2) Loggia (italiano) o Logia: Galería techada, abierta y sostenida por columnas, generalmente dispuesta en la planta baja de un edificio.

Las fotos fueron tomadas por el autor de esta nota


 

 

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