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EL ARTE FUERA DEL TIEMPO. ADRIÁN VILLAR ROJAS EN LA BIENAL DE VENECIA.
 
Ana Martínez Quijano
 
 
 
 
 
 
El rosarino Adrián Villar Rojas, artista elegido por la Cancillería Argentina para representar a nuestro país en la Bienal de Venecia, comenzó a levantar sus gigantescos monumentos dos meses antes del vernissage. Había llegado con un proyecto. Imaginó una civilización que se extingue y pensó en los últimos individuos de la especie, cinco hombres, reunidos para la ejecución de una obra de arte. Así nació “El asesino de tu herencia”, título que proviene de una encanallada canción de Ricky Espinosa.
 
Enclaustrado con sus ayudantes en los Arsenales, nuestro artista ocupó los 250 metros que le cedieron en el secular edificio que albergó uno de los primeros astilleros del mundo, el lugar donde nació la flota de la República veneciana. Allí realizó las obras que poco después procurarían sensaciones extrañas al curtido público que lo ha visto todo, que visita la Bienal antes de la apertura.
 
En esa ciudad frágil como una maqueta, que parece hundirse bajo el peso de su propia antigüedad y que, renace cada dos años con el fervor del arte contemporáneo, Villar Rojas decidió situarse fuera del tiempo. Sólo entonces pudo brindarle a sus monumentos la condición fantasmal de una ruina. Las once formas escultóricas de seis metros de altura, alejadas de cualquier referente explícito de la historia del arte, se levantan enigmáticas como los restos de una civilización olvidada. El espacio, al que el artista le achicó las aberturas para cerrarlo como una cueva, recuerda una ruina arqueológica.
 
En ese contexto, los monumentos imponen su poderosa presencia al espectador, se yerguen con sus indescifrables mensajes, como extraordinarias apariciones que vienen a relatar las vicisitudes de la humanidad. Las formas suscitan evocaciones, como la estructura circular semejante a una capilla, o la escultura que muestra un hombre descabezado y patas para arriba, con una armadura o, acaso, como un mensajero del futuro, con su cuerpo mismo articulado, pero hay también restos del más puro presente. Un teléfono celular y una manzana aparecen como objetos olvidados en un entorno atemporal y remiten a la más reciente actualidad.
 
La originalidad o la posibilidad de causar emoción son virtudes que dejaron de ser imprescindibles en las obras de arte y, no obstante, causa placer encontrarlas.
 
Villar Rojas resiste las dictaduras del arte político y conceptual con una actitud de llamativa independencia. El gran poder de atracción retiniano de sus obras reside entre otras cuestiones formales, en los materiales, la arcilla, el cemento, la madera y en ocasiones, la arpillera; pero es preciso aclarar que además, estos mismos elementos determinan y constituyen, más allá del aspecto, la finalidad y el sentido estético de toda su producción. El mejor ejemplo, el más elocuente para referirse a la materia y el espíritu que la anima, es la arcilla, ya que al secarse se agrieta y esas rajaduras hablan por si mismas del paso del tiempo: se perciben como ruinas. Así como en el barro esencial coinciden la forma y el concepto, otros elementos como el tamaño o el color, además de los más mínimos detalles, están analizados con precisión y -casi podría asegurarse- con obsesión, para que concuerden y subrayen la totalidad de la obra.
 
El color sordo y monocromático se mueve entre los grises y ocres, mientras el material exhibe la jerarquía incomparable del acabado manual, la naturaleza precaria y, a la vez sensible, de aquello hecho a mano. Pero a la tosquedad y el aspecto rústico de algunas superficies se contrapone la pulida apariencia de otras, el contraste, buscado y estudiado por el artista, representa períodos históricos diferentes y, el resultado de reunir el trabajo manual y serial, resulta desconcertante. Al igual que la incertidumbre y la tensión que genera la suma de esculturas que se elevan casi hasta el techo del Arsenal, cuyo equilibrio inestable demandó cálculos y más cálculos para sostenerla en pie. Así, al primitivismo que se percibe en la obra, se contrapone el apoyo de la alta tecnología para su ejecución y, a los elementos arcaicos, se suman de modo deliberado, los modernos.
 
¿Quién puede ponerle límite a la imaginación de un artista que decide desplazarse en un espacio y en un tiempo incalculable, creador de una obra donde resuenan los más remotos orígenes y también las visiones de un futuro cargado de incertidumbre?
 
La carrera de Villar Rojas tiene puntos en común con las de otros artistas de su generación, aunque se salteó algunas becas encumbradas cuyos mandatos se pliegan a los del mainstream dominante. El dato es extraño. A sus 31 años el artista ha recorrido las principales ciudades del circuito internacional, estuvo en los enclaves donde el talento se busca con lupa y, lejos de plegarse a las vertientes en boga, creció y se afianzó en un estilo de neto corte personal.
 
Pero, “¿quién es Adrián Villar Rojas?”, se interrogan algunos. Por esas vueltas del destino conoció Venecia en el año 2005, cuando llegó como un simple ayudante para asistir a Jorge Macchi -el enviado de entonces- en su montaje. En ese momento, trascendente para la carrera de Macchi, nadie reparó en su ignoto ayudante, ni en esos ojos hundidos y oscuros que devoraban el abanico que despliega la Bienal.
 
Sobre la intensa personalidad del artista, hablan quienes lo conocen, dicen que es un trabajador empecinado. Para constatarlo, basta recordar algunas de sus muestras anteriores: “Pedazos de las personas que amamos”, (arteBA 2007) o “Lo que el fuego me trajo”, que representó el estallido del mundo de un artista (Ruth Benzacar, 2008).
 
Por lo demás, a la elaboración obsesiva de sus trabajos, Villar Rojas suma su pasión por la desmesura, por lo absolutamente grande. El site-specific veneciano - esa instalación realizada en un sitio determinado y de vida efímera-, demandó la ayuda de diez escultores y constructores, seis asistentes y 25 toneladas de materiales. “En medio de la ejecución de la obra, sobre la marcha, Adrián duplicó la apuesta”, contaba su galerista, Orly Benzacar. “¿Que podía hacer?, busqué tan pronto como pude un patrocinante privado”, agregó confiada en el talento de su pupilo que llegó de su Rosario natal en el año 2003, a llevarse el premio que ella otorga, Currículo Cero. El presupuesto original de la Cancillería Argentina se duplicó en medio de estas urgencias y de una seguidilla de entretelones que rodeó una presentación en verdad exitosa.
 
Finalmente, la instalación de la Bienal puede ser un pasaporte para Villar Rojas a la próxima Documenta de Kassel, luego de la favorable mención en el “New York Times” y de un premio consagratorio de una fundación de Japón, pero es seguro que no se acaba en Venecia; hoy continúa con un monumento que será emplazado este año en el Jardin de Tuileries de Paris, con la cooperación de SAM ART Projects y el Museo del Louvre.
 
Venecia- Buenos Aires, junio de 2011.
 
 
 
 
 
Adrián Villar Rojas - El asesino de tu herencia, 2011 - Instalación site-specific - 54 Bienal Internacional de Arte de Venecia
 
 
Adrián Villar Rojas - El asesino de tu herencia, 2011 - Instalación site-specific - 54 Bienal Internacional de Arte de Venecia
 
 
Adrián Villar Rojas - El asesino de tu herencia, 2011 - Instalación site-specific - 54 Bienal Internacional de Arte de Venecia
 
 
Adrián Villar Rojas - El asesino de tu herencia, 2011 - Instalación site-specific - 54 Bienal Internacional de Arte de Venecia
 
 
Adrián Villar Rojas - El asesino de tu herencia, 2011 - Instalación site-specific - 54 Bienal Internacional de Arte de Venecia
 
 
Adrián Villar Rojas - El asesino de tu herencia, 2011 - Instalación site-specific - 54 Bienal Internacional de Arte de Venecia
 
 
 


 

 

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